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DECIR ADIÓS

Crónica de un funeral

Acostado bajo un robusto árbol de jacarandas comprendí que mi madre había muerto. No estaba solo. Mi padre me había seguido de Colombia hasta México para darme su apoyo y, a veces, con comentarios jocosos y humillantes, sus recriminaciones ante el hecho de no hacerle frente a los quebrantos de la vida.

No era la primera vez que huía de la pérdida. Cuando tenía ocho años me había escondido en la casita de mi perrito Lukas, al enterarme de que mi nana había muerto. Era el primer acercamiento que tenía con la muerte, y aunque mi padre en varias ocasiones había mencionado la posibilidad de que ella dejara de existir, por la terrible enfermedad que padecía, no entendía muy bien la razón por la cual alguien podía estar un día vivo y al otro no.

A los catorce años, me vi escapando por segunda vez. Mi mejor amiga había sufrido un infarto tras una maratón que había organizado el colegio, su muerte fue fulminante. Ese día me escondí en los últimos sillones del teatro del colegio. Después, sólo vinieron rutinarios y cambiantes hábitos de escape, cada vez el lugar que elegía para evadir la muerte era más lejano: la casa de un amigo, un pueblo cercano, otra ciudad, otro país.

Sin embargo, con la muerte de mi madre esa costumbre de escape debía irse con ella. Mi padre que es un hombre de letras, algo así como el personaje sabiondo que siempre tiene las mejores líneas del libreto en las películas, había tratado de explicarme de muchas maneras la importancia de aceptar la muerte, expresar mis sentimientos y, lo más importante, darle el último adiós a esos seres que marcaron mi vida. Pero, aun reconociéndolo, nunca lo había podido lograr, el sólo hecho de imaginarme entrando a una funeraria para encontrarme cara a cara con la muerte hacía que mi cuerpo temblara, que mis manos empezaran a sudar y que mi visión empezara a perderse de manera progresiva.


Rutas - Funeraria Capillas de la fe

Cuatro horas duró el viaje de vuelta de México a Colombia, no había durado ni dos días en el país manito, mi padre me había convencido de que de una vez por todas debía tener esa reunión incómoda con esa figura miedosa que desde pequeño me había instigado a huir.

Todo el camino hacia la funeraria, y con el tacto más sutil que nunca antes había podido detectar, mi padre pronunció las palabras más dulces y correctas en torno al tema. Sentí que más que buscar llevarme a la reflexión quería arroparme con su manto de tranquilidad y fortaleza, era momento de que aprendiera que la muerte era vida, por muy incoherente que se oyera, necesitaba entender que hasta el final de los días la muerte me iba a acompañar; y estaba bien, debía aprender a honrarla, a respetarla, y lo más significativo, a darle un último adiós a ese ser que amaba.

Funeraria Canton Norte - Funeraria Capillas de la fe

Funeraria Capillas de la Fe - Cantón Norte


Al estar frente a las puertas de la funeraria me di cuenta de que no eran tan tenebrosas como las había imaginado. La misma impresión tuve de la sala de velación, nunca en mi vida había estado en una, y no eran para nada como mi cerebro las había dibujado, no eran lugares pequeños, oscuros y fríos, en cambio eran espacios amplios, iluminados y cómodos, no había ningún rasgo que me hiciera sentir en peligro.

Entonces, empecé a contemplar todo lo que me rodeaba, miré las caras de todos los que venían a darle la última despedida a mi madre: sus hermanas, sus amigos de la universidad, vecinos, conocidos, personas que ni siquiera había visto en mi vida, pero que, de forma curiosa, eran los que más recuerdos especiales tenían con ella. Hablé con la mayoría de ellos, reí, me conmoví, me impresioné, y por supuesto, lloré. Afirmé, con esas pequeñas conversaciones, que mi miedo a dar el último adiós era injustificado. No podía ver más este tipo de actos como algo vacío, miedoso o innecesario. En cambio, debía verlo como una oportunidad especial de reunirme con aquellos que habían conocido y querido a ese ser que se había ido, y rememorar todos esos instantes especiales en los que sus palabras o sus comportamientos se habían quedado clavados en el recuerdo.

Era necesario acercarme al ataúd y verla, sí, confirmar que era la última vez que la vería, y con ello, honrar su vida, recordar lo valiosa que había sido, aceptar que mi existencia no hubiera sido como fue gracias a ella. Al final de todo, comprendí que el decir adiós, el estar presente, transformaba mis sentimientos, hacía abrir mi corazón y me animaba a compartir con los demás ese doloroso sentimiento que antes me costaba demostrar y que me ahogaba en soledad. Al terminar el funeral, me reuní con mi padre, quien había visto de lejos mi reacción a la experiencia de darle la despedida a mi madre. Caminamos por largo tiempo en silencio. De pronto, me tomó del hombro y me guió a un robusto árbol de flores amarillas, nos sentamos sobre sus raíces, y justo como un día antes, nos pusimos a hablar de mi madre, del hecho de escapar, de mi reunión con la muerte. Al hablar, fui consciente de una sensación que no había conocido antes, sentí que mi madre estaba conmigo, que decirle adiós había hecho que el amor que ella me había dado se quedara cimentado, grabado, guardado con una llave extraviada en lo más profundo de mi corazón.

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